Desde el día que te fuiste, mamá
Desde el día que te fuiste, mamá
El sol salió aquel día, pero para mí no brilló,
el 28 de enero de 2005, el mundo se me apagó.
Yo, con apenas diez años, no entendía el dolor,
mi hermano, tan pequeño, cargaba el mismo temor.
Eras la luz que guiaba nuestras almas en camino,
la risa en las mañanas, el abrazo divino.
Pero la vida, injusta y cruel, decidió arrebatarte,
y nos dejó solos, tratando de encontrarte.
Recuerdo tus manos, tan suaves, tan cálidas,
tu voz que calmaba las noches más áridas.
Tu ausencia nos dejó un silencio infinito,
un vacío profundo, un abismo maldito.
Desde aquel día, mamá, la vida cambió,
la risa se volvió un eco, el tiempo se detuvo.
El mundo parecía más grande y frío,
y yo me sentí perdido, tan frágil, tan niño.
Tu partida dejó huellas en mi ser,
aprendí a luchar, aunque doliera perder.
Tu recuerdo se convirtió en mi motor,
pero a veces el peso del duelo es un ardor.
Vi a mi hermano crecer sin tu consejo,
yo traté de ser fuerte, de ser su reflejo.
Me convertí en un escudo, en una guía,
pero en las noches lloraba por lo que perdía.
Los días pasaron, las semanas también,
cada año que cumplía, te buscaba en el vaivén.
De las estrellas, del viento, de cada canción,
esperaba un susurro, una señal, una razón.
A veces, mamá, la rabia me invadía,
quería gritar al cielo, preguntarle a la vida:
¿Por qué tú? ¿Por qué tan pronto te fuiste?
¿Por qué dejaste dos niños tan tristes?
Pero, con el tiempo, aprendí a sanar,
aunque tu ausencia siempre va a pesar.
Me diste el amor que nunca se olvida,
y ese amor es la fuerza que guía mi vida.
Hoy miro hacia atrás con lágrimas en los ojos,
porque extraño tu abrazo, tus regaños, tus modos.
Pero también sé que en algún rincón del cielo,
tú nos miras, mamá, cuidando nuestro vuelo.
A mi hermano y a mí nos dejaste un legado,
el valor de luchar, aunque todo sea pesado.
La fe en el amor, la fuerza en la unión,
y el recuerdo imborrable que vive en el corazón.
Desde el día que te fuiste, he aprendido a vivir,
con tus lecciones tatuadas, con tu amor por venir.
Aunque el dolor nunca se va del todo, mamá,
te llevo conmigo, en cada paso, en cada andar.
Te extraño con el alma, más de lo que puedo decir,
pero prometo honrarte, en cada nuevo existir.
Porque aunque te fuiste, siempre estás aquí,
en mi risa, en mis lágrimas, en lo que soy y en lo que fui.
Mamá, este poema es para ti, mi eterno amor,
mi estrella en la oscuridad, mi abrigo en el dolor.
Gracias por todo, por lo que diste y dejaste,
aunque partiste, tu esencia nunca se aparta.
Desde el día que te fuiste, mamá,
mi corazón sigue amándote, más allá del más allá.
©️ Randy Montinard | Todos los derechos reservados.