Carta a mi padre
Carta a mi padre
Hubiera preferido que no te cruzaras por el camino de mi mamá nunca en la vida, aun cuando eso significara que yo no existiera. Y sé que estas palabras son duras, filosas como un cuchillo, pero también son la verdad que llevo atascada en el pecho desde hace mucho tiempo. Porque cuando miro hacia atrás, cuando repaso la historia de mi vida, veo más sombras que luz, más heridas que caricias, más vacíos que abrazos.
No te escribo esto para herirte gratuitamente, sino porque necesito vaciar lo que llevo dentro, porque callarlo me consume, y porque cada día que pasa me pregunto qué habría sido de mi madre si nunca hubieras aparecido en su historia. ¿Habría sido más feliz? ¿Habría tenido menos lágrimas y menos desilusiones? ¿Habría tenido la oportunidad de vivir una vida con más dignidad y menos dolor?
Yo sé que tu existencia me dio la mía, pero ¿de qué sirve nacer si lo que recibes no es amor sino indiferencia?, ¿si lo que se construye alrededor tuyo es un terreno lleno de reproches, discusiones y abandono? A veces me pregunto si tu papel en mi vida fue de padre o simplemente de un extraño con tu sangre corriendo por mis venas.
Padre, ¿sabes qué es lo que más me duele? No es solo lo que hiciste o lo que dejaste de hacer. Lo que más me duele es lo que nunca fuiste. Nunca fuiste mi refugio, nunca fuiste la voz que me enseñara a confiar, nunca fuiste el hombro al que yo pudiera correr cuando el mundo me parecía demasiado cruel. Nunca fuiste ese ejemplo al que pudiera mirar con orgullo y decir: "Él es mi papá".
Y, sin embargo, crecí. Crecí con todas esas carencias, con todas esas preguntas sin respuesta, con todas esas heridas abiertas que no se ven, pero que se sienten cada vez que pienso en ti. Crecí a pesar de ti, no gracias a ti. Y esa es una verdad que me duele y al mismo tiempo me fortalece. Porque si bien me hubiera gustado tener un padre de verdad, también me di cuenta de que la vida me obligó a ser fuerte, a aprender por mí mismo lo que otros aprenden de la mano de su papá.
No sé si alguna vez pensaste en lo que significaba ser padre. No sé si alguna vez te pesó la responsabilidad de traer un hijo al mundo. No sé si en tus noches de soledad te duele lo que hiciste, o si duermes tranquilo creyendo que diste lo que pudiste. Lo único que sé es que yo no recibí lo que necesitaba.
A veces pienso que la vida hubiera sido más justa si nunca hubieras estado en la de mi mamá. Porque entonces, quizá, ella no hubiera llorado tantas veces en silencio. No hubiera cargado con el peso de tu ausencia o de tus errores. Quizá habría encontrado alguien que sí supiera cuidarla, alguien que la valorara como merecía, alguien que también me hubiera enseñado el verdadero significado de tener un padre. Y sí, tal vez yo no existiría en ese escenario, pero al menos ella habría sido más feliz, y eso, para mí, valdría más que mi propia existencia.
No te niego que dentro de mí hay un niño que todavía busca algo de ti, que todavía espera una explicación, un abrazo tardío, una disculpa sincera. Pero también sé que ese niño se ha ido cansando de esperar, que ha aprendido a aceptar que quizá nunca llegará nada de lo que ansía. Y ese es el mayor aprendizaje que me dejaste: no esperar nada de ti.
Hubiera preferido que nunca te cruzaras en el camino de mi mamá, sí, pero la vida no me dio esa opción. La realidad es esta: existo, y existo con tus silencios, con tus fallas, con tus vacíos. Y aunque a veces lo deteste, también sé que gracias a ese dolor soy lo que soy hoy.
Padre, no sé si algún día leerás estas palabras, ni si llegarán a importarte de verdad. Pero yo necesitaba decirlas. Necesitaba gritar lo que por años me guardé. Porque aunque mi boca calle, mi corazón lo sigue repitiendo en cada latido: yo merecía más de ti, y mi madre también.
Hoy me despido de esta carta con una mezcla de rabia y tristeza, pero también con la certeza de que he roto un silencio. Porque callar es morir en vida, y hablar, aunque duela, es empezar a sanar.
Atentamente,
Randy Montinard, tu hijo.
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