El calor de tu cuerpo aún reside en las venas de mi mano

El calor de tu cuerpo aún reside en las venas de mi mano

El calor de tu cuerpo aún reside,
en las venas de mi mano, como un río,
que fluye incansable, un eco perdido,
una llama tenue que nunca se ha ido.

Fue en aquella tarde de sol desmedido,
cuando tu piel, en mi piel, encontró su abrigo,
y el mundo entero, en su andar infinito,
se detuvo un instante en un suspiro.

Tus dedos, al rozar los míos, trajeron la brisa,
un latido eterno, un fulgor que no se avisa.
Como un rastro de fuego, como un canto a la deriva,
dejaste en mi carne tu esencia viva.

Cada noche te busco entre las estrellas,
en el aire denso, en las sombras bellas.
Pero solo hallo el calor que dejaste,
marcando mi palma como un tatuaje.

En mis sueños resurges, intacta, radiante,
y tus manos tiemblan como antes.
Tu risa es el eco que rompe el silencio,
tu calor es la fiebre que no tiene remedio.

A veces pienso que fue un espejismo,
un regalo fugaz del capricho del destino.
Pero luego miro mi mano, todavía viva,
con tus venas latiendo dentro de las mías.

Los días pasan, pero tú no te diluyes,
eres la chispa que el tiempo no destruye.
Tu calor, invisible, se esconde en mi palma,
y su rastro me invade con infinita calma.

El mundo gira, las estaciones cambian,
pero en mi mano el fuego aún danza.
Eres la memoria que no se disipa,
la huella imborrable que en mi ser palpita.

Así que sigo, caminando despacio,
llevando tu calor como un legado.
Y aunque el destino nos aparte en su curso,
en mis venas tu tacto será siempre un susurro.

El calor de tu cuerpo aún reside,
y mientras mis manos sigan vivas,
tu esencia será mi eterna guía,
mi refugio en noches frías,
mi verdad jamás perdida.

©️ Randy Montinard | Todos los derechos reservados.

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